día 15...
Puerto Ibañez, Villa Cerro Castillo

Nuevo día, despierto en el hostal, aún lamentando el episodio de mi teléfono. Los ánimos no estaban muy buenos. Y por lo mismo, no tuve ánimos para hacer la subida que significaba salir de Puerto Ibáñez. Por su parte, en el hostal me dijeron que el dueño de casa salía temprano hacia donde yo iba, y que me podía llevar. Pero por una descoordinación, no alcancé a irme con él. Así que me fuí por mi cuenta. Pasé antes a la comisaría, a consultar sobre las rutas venideras. Y hasta aproveché de sacarle unas fotos al carabinero de turno. Después, me fuí a la entrada de la ciudad, y me dispuse a hacer dedo. Esperé la hora de la llegada del barco con la gente de Chile Chico. Pasaron hartos vehículos, pero ningun me llevaba. Esta vez la suerte no estuvo de mi lado. Y me devolví a darme unas vueltas por la ciudad, y en la plaza me encuentro, nuevamente, con el matrimonio de Concepción, los que andaban en su casa rodante. Era la tercera vez que nos encontrábamos. Conversamos un rato, nos intercambiamos datos para mantener el contacto.

Y volví al camino, a seguir esperando un vehículo. Mi ánimo a estas alturas estaba por el suelo, por lo de mi teléfono, y porque en esta ocasión, no encontraba a nadie que me llevara con mis cosas. Así que decidí comenzar la subida. Y al cabo de unas cuadras, al fin un vehículo se detiene. Era un turista europeo, joven, que se ofreció a llevarme. Y partí la ruta de vuelta a la carretera austral, hasta que llegué al cruce del desvió a Ibáñez. Ahí me quedé un rato haciendo fotos, y me puse a revisar la bici, hasta que apareció un ciclista brasileño que iba haciendo su ruta por la carretera Austral. Se llamaba Alexander.

Entonces, en este momento me tuve que armar de ánimos, y luego de dos días de interrupción de mi recorrido (considerando el tramo a dedo, dos días antes, el transbordo a Chile Chico y el día paseando por allá, el transbordo de vuelta y el episodio de mi teléfono), ya habían pasado dos días en que no me encontraba en el estado de ciclista en ruta. Y así retomé mi camino, por una rica carretera pavimentada, con el conocido cerro Castillo a un lado. El paisaje era bien agradable. Hasta que llegué a Villa Castillo. Estábamos a 94 km de Coyhaique. Ahí encontré un lugar donde pasar a comer, un negocio sobre un par de buses, con comida al paso para el viajante. Todo estaba mejorando hasta que... me encuentro con el fin del camino pavimentado. Uff. Ahora comenzaba el camino de ripio, nuevamente. Y un camino muy malo, por cierto. Con mucha piedra suelta. Y algunas subidas y bajadas. Y efectivamente, esas subidas volvieron a ser un obstáculo para mi recorrido. Me encontraba en el primer tramo, de dos en el viaje, donde debería recorrer 100 kilómetros sin nada a mi alrededor. Así que había que buscar un lugar donde instalarme, donde poder acampar. Y en el camino pasé a preguntar a un lugar de camping, sobre opciones para acampar, más adelante (aún era temprano para guardarme). Y me indicaron que bajando, luego de un puente en el camino, había unos terrenos aptos para instalarme con la carpa. Así que seguí adelante. Hasta que llegué al lugar señalado, ya cerca de las 23 hrs. Hasta que me encontré con algo mejor aún: un paradero. Qué mejor, un lugar con techo, con suelo pavimentado, y parcialmente cubierto del viento. Así que ese paradero se convirtió en mi morada por esa noche.




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