Mi vida es humilde e insustancial. No Merece contarse.
Es la vida del burócrata tímido de codos raídos que en
virtud de quien sabe que designios fatales se ve
lanzado de manos a boca a una aventura pavorosa. Pero
algo de original me ha sucedido. Escúchenme:
Morí a la jugada 28.¡Quién lo hubiera dicho! ¡Pero
no! No nos apresuremos y veamos todo en orden, desde
mi cuna, mi adolescencia y la malaventurada tragedia
que me sucedió.
Nací siendo un pobre diablo. ¡Un peón alfil rey!
Cuanta envidia le tenía al peón caballo, mi vecino.
Sobre todo cuando en la jugada tercera lo fianchetaron
y quedó tan protegido! Eso me produjo un complejo de
inferioridad. Mi única protección era el rey. Y ya
todos ustedes saben que un rey es un ser más indefenso
que un soldado de infantería en mitad de una batalla
de tanques.
Desde la diagonal fatídica, un alfil enemigo me tenía
un ojo puesto encima desde la tercera jugada. Yo no
podía ni volverlo a mirar porque me daban escalofríos.
Finalmente mi patrón decidió enrocarse. Respiré con
alivio. Ahora tenía una torre a mis espaldas. ¡Una
torre! Empecé a toser fuerte y me sentí prepotente
como el mozo cuando se fuma su primer cigarrillo.
Incluso me permití dormir una siesta de descanso.
Cuando me desperté estábamos en la jugada 18. Horror
de horrores. Mi patrón había jugado el rey de uno
caballo a uno torre. Ya el alfil enemigo no me tenía
clavado. Ahora, recobraba mi movilidad, era
susceptible de entrar al combate. Desde ese momento
comencé a rezar. Me encomendé a San Críspulo, santo de
los timoratos.
Además, el adversario estaba apretando las clavijas.
Yo lo notaba muy bien, aun cuando, por más que me
empinara, no podía ver que sucedía en el otro lado del
tablero en donde tenía lugar la ofensiva del enemigo.
Pero lo notaba por la expresión de mi patrón. Le
sudaban las manos. Tamborilleaba mal educadamente en
la mesa. ¡Qué angustias!
El ataque del enemigo arreció. Oí decir a un mirón que
se trataba de un ataque de las minorías. Siempre las
minorías metiendo cizaña. Desee entonces creo en el
gobierno de las mayorías.
Mi patrón tenía que contraatacar. ¡Yo lo sabía ya! El
desastre. Me tomó de pronto. Con toda la mano. Me
apretó el cogote y me puso enérgicamente en la cuarta
casilla. Qué desolación. Allí, al ladito mío, estaba
el peón enemigo de cuatro rey. Quise retroceder pero
no me obedecieron los nervios. El reloj sonaba en mis
oídos con persistencia martirizante. Cerré los ojos.
No podía más. Me acuclillé y esperé lo peor. Y lo peor
vino. El adversario me comió. Así como suena,
prosaicamente. ¡Me comió! Es la peor muerte que le
puede ocurrir a uno. Sobre todo cuando uno tiene
ambiciones de metamorfosearse en dama al llegar a la
octava casilla. Me comió. Y aquí estoy, escribiendo mi
vida mínima. Mi vida desolada de pobre, maltrecho,
abandonado y despreciado peón alfil rey.
Joaquín Gutiérrez, un bohemio del tablero y de la
vida. Marzo de 1945
publicado en julio 2000
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